Convocatoria para Encargada/o de Redes sociales
Tamara Schliak | Psicología clínico-comunitaria
18 de octubre de 2025
Tiempo de lectura: 13 minutos aprox.
Set de preguntas (click para desplegar la respuesta):
1) Antes de comenzar, ¿podría contarnos un poco sobre usted, su trayectoria en el área de la psicología y salud mental?
Soy Psicóloga clínico-comunitaria con formación en Psicología grupal y Análisis Institucional, y cuento con más de dieciséis años de experiencia profesional en distintos contextos vinculados a la salud mental, tanto en el ámbito individual como colectivo. A lo largo de mi trayectoria he trabajado en hospitales públicos, consulta particular, instituciones de salud y fundaciones sin fines de lucro, articulando las dimensiones personales y psicosociales ligadas al sufrimiento psíquico.
Desde el campo comunitario e institucional, he desarrollado trabajos orientados al fortalecimiento de redes sociales, la intervención en trauma psicosocial en situaciones de desastres naturales, y el acompañamiento de equipos de salud en contextos de alta exigencia, como durante la pandemia de 2020.
Actualmente, trabajo en consulta particular y en el Centro de Atención Psicológica (CAPS) de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, donde superviso y acompaño los procesos de práctica profesional de estudiantes de Psicología. Desde mi quehacer, intento promover una mirada crítica y reflexiva, que articule el pensamiento clínico con la responsabilidad ética y social que nos compete como personas que somos parte de una comunidad, por lo que intento que mi mirada sea desde los vínculos, situada y en colectividad.
2) Desde su mirada clínica, ¿cómo diferenciaría entre causas estructurales (pobreza, precariedad laboral, vivienda) y factores situacionales (crisis personal, consumo) en estos episodios en el metro?
Para comenzar, quiero mencionar que estoy planteando una mirada social acerca del suicidio, ya que las razones personales para llegar a esa decisión son muy particulares y personales de quien lo intenta o lo lleva a cabo, imposibles de abarcar en este espacio. Desde este punto, planteo que cuando hablamos de salud mental, no podemos dejar de observar los factores estructurales que atraviesan nuestra sociedad y que determinan las condiciones y circunstancias en las que se desarrolla la vida de las personas (vivienda, trabajo, educación, salud, etc.). Esto nos permite pensar el sufrimiento más allá de las explicaciones centradas exclusivamente en causas individuales o biológicas, y abrir la mirada hacia los factores sociales, culturales, económicos y políticos que configuran las condiciones para la producción o el alivio del sufrimiento.
En este sentido, aunque una persona pueda tener una predisposición biológica a desarrollar una enfermedad de salud mental, el hecho de que esa predisposición se exprese o no, así como la posibilidad de recuperación, depende en gran medida del entorno social en el que la persona se desenvuelve.
De esta manera, los acontecimientos significativos del ciclo vital, como son los nacimientos, separaciones, migraciones, pérdidas o crisis sociales, deben pensarse en estrecha relación con estos factores estructurales que los atraviesan. Estos determinan, en parte, cómo comprendemos, sentimos y afrontamos una crisis. Por ejemplo, no es lo mismo quedar cesante siendo migrante que estando en el propio país; ni vivir el desempleo siendo el único sustento familiar que contando con una red de apoyo. Los factores estructurales y las situaciones vitales se entrelazan, generando experiencias de sufrimiento con diferentes matices y profundidades.
En esa línea, si bien estudios realizados principalmente en Europa y Estados Unidos muestran que muchas de las personas que toman la decisión de terminar con su vida presentaban antecedentes de enfermedades de salud mental o habían recibido atención previa en centros de salud, es necesario preguntarnos cuánto de esa decisión está condicionada por la falta de acceso a tratamientos oportunos y dignos, al endeudamiento, la precariedad económica, la soledad o la ausencia de redes de apoyo, todas condiciones de la sociedad actual. En otras palabras, comprender la salud mental exige mirar no solo al sujeto, sino también a las condiciones de vida que lo sostienen o lo empujan a una situación límite.
3) ¿Qué consecuencias tiene, presenciar (o saber) sobre estos incidentes en el resto? Sólo quien viva la situación afectada queda con consecuencias emocionales (la conductora del tren), o también existen fenómenos masivos (alguien que está en su casa y escucha la noticia?
La forma en que cada persona reacciona y procesa un suicidio depende de múltiples factores: la edad, las circunstancias, la manera en que se transmite la información, el estado emocional en el que nos encontremos en ese momento, entre otros. Muchas de estas variables son personales; sin embargo, también la cultura en la que vivimos influye en la mayor o menor dificultad para abordar ciertas temáticas. Tal es el caso del suicidio, históricamente considerado un tema tabú, difícil de pensar, conversar y sostener socialmente.
Evitamos hablar de él porque nos genera miedo, angustia o incomodidad al enfrentarnos con el sufrimiento del otro, e incluso temor a sentirnos identificados. Esta evitación puede entenderse como una de las consecuencias de una sociedad cada vez más individualista, en la que se han debilitado los lazos sociales y se ha perdido el sentido de pertenencia a una comunidad o grupo, generando sentimientos de soledad y falta de apoyo.
Así, todos sabemos que el suicidio existe, pero pareciera que, si no lo nombramos, podemos mantenerlo fuera de nuestra realidad. Hasta que, de manera abrupta, irrumpe frente a nosotros y nos expone a la experiencia de un sufrimiento extremo y a la decisión de una persona de poner fin a su vida, dos aspectos que por su complejidad nos cuesta abordarlos, por lo que tendemos a mantener ocultos en el plano social.
Frente a esto, es inevitable que exista un impacto tanto en quienes se ven directamente expuestos al hecho como son; los conductores, personal del metro o pasajeros, así como también, quienes lo viven de manera indirecta, es decir, aquellos que escuchan el relato o se informan a través de los medios de comunicación. En el caso de los primeros, el acontecimiento se presenta como una experiencia límite, difícil de procesar psíquicamente, que puede generar sensaciones de impotencia, miedo, angustia o culpa, especialmente cuando no hay posibilidad de intervención ni de comprensión inmediata de lo sucedido. Para quienes acceden al hecho de manera indirecta, el impacto puede parecer más difuso, pero no por ello es menor, también son interpelados por la crudeza del acontecimiento y por la evidencia de un sufrimiento que suele permanecer silenciado.
Estos hechos nos enfrentan a lo que la sociedad procura evitar: la vulnerabilidad, la fragilidad y el sufrimiento humano. La irrupción del suicidio en el espacio público desestabiliza la idea de normalidad cotidiana, recordándonos que el dolor nos atraviesa a todos.
4) ¿Qué errores comunes comete la prensa o las redes sociales al informar estos sucesos y qué lenguaje recomienda evitar?
El modo de comunicar información acerca del suicidio debe basarse en el principio de responsabilidad social. Los medios de comunicación, en todos sus formatos, cumplen un rol fundamental, pero en situaciones como estas a veces pierden de vista las consecuencias que puede tener la manera en que presentan la información. Es importante ser cuidadosos y evitar únicamente la entrega de cifras de personas que se han suicidado, así como caer en el sensacionalismo o detallar aspectos innecesarios del hecho. Incluso para quienes no han vivido la experiencia de cerca, este tipo de información puede generar imágenes mentales, fantasías, que producen emociones muy cercanas a las que sentirían si hubiesen estado presentes.
En este sentido, es imprescindible reconocer que el suicidio es un problema social y de salud pública, y que quienes tienen la capacidad de llegar a un público masivo deben asumir la responsabilidad de entregar información útil, preventiva y educativa. Esto incluye, por ejemplo: cuáles son las señales de alerta de riesgo suicida, explicar cómo acercarse y acompañar a quienes atraviesan un momento difícil, proporcionar números de ayuda psicológica y difundir recursos confiables y accesibles para quienes necesiten apoyo. Y por sobre todo, es fundamental abordar el tema desde una perspectiva de humanidad y cuidado colectivo, reconociendo la necesidad de que todos nos involucremos.
5) ¿Qué puede hacer la comunidad (usuarios, organizaciones vecinales, universidades) para colaborar en la prevención y apoyo?
Como planteaba anteriormente, el suicidio es un tema de alta complejidad, donde intervienen múltiples factores; por esto, su abordaje debe contemplar diferentes dimensiones y considerar a todos los sectores que forman parte de la sociedad.
Sin duda, el Estado debe ser el principal promotor y garante de la prevención, promoción y tratamiento para quienes lo requieran, destinando un mayor financiamiento a programas e intervenciones que puedan llegar a los distintos sectores sociales. Pero a su vez, la comunidad, a través de sus distintas instituciones y agrupaciones; como escuelas, universidades, lugares de trabajo, juntas de vecinos, espacios culturales, religiosos y cualquier ámbito donde nos relacionamos cotidianamente, tiene un valor fundamental al poder actuar como “puente”, facilitando el acceso a la ayuda necesaria.
Esta tarea no es sencilla, considerando la fragmentación de los vínculos que caracteriza a nuestro sistema actual. Sin embargo, vivir con otros implica inevitablemente que, en algún momento, nosotros o alguien cercano pueda necesitar apoyo: un familiar, amigo, compañero de trabajo, estudiante, vecino o incluso alguien que encontramos en el espacio público. La mayoría de las veces somos capaces de identificar que algo le ocurre a esa persona, gracias a nuestra capacidad para conectarnos afectivamente, pero suele suceder que no sabemos cómo acercarnos sin invadir ni dejar expuesto al otro. No siempre sabemos cómo acompañar ni cómo solicitar el apoyo necesario y, ante esta incertidumbre, muchas veces optamos por no intervenir.
Es por ello, que los espacios comunitarios, por la cercanía afectiva y la cotidianeidad de las relaciones, pueden desempeñar un rol crucial en el cuidado de la salud mental, a través de la entrega de información confiable, en la identificación de personas en riesgo y en el desarrollo de espacios de conversación seguros, que no estigmaticen y permitan la expresión de emociones o experiencias relacionadas con el tema. La creación de estos espacios posibilitaría un acompañamiento más cercano entre pares, fortalecería las redes de apoyo y contribuiría al desarrollo de una sociedad más sensible y humana, centrada en el cuidado mutuo y capaz de sostenerse colectivamente.